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Mitos y Leyendas de Misiones: El Mbopí

Mitos y Leyendas de Misiones: El Mbop

Desde la perspectiva guaraní, “mbopí” es el término asignado a todas las especies de murciélagos, en general. Ellos son los que portan la oscuridad sembrando la noche y el caos. Por otra parte, en la cultura occidental, la creencia general sobre los murciélagos es que todos son vampiros.

Esta es la historia de un cacique llamado Yaguareté, que era temido por su tribu, y más temido aún por las tribus enemigas. Su predominio entre la indiada aumentaba incesantemente, pues la victoria era su compañera inseparable. Sentía el salvaje, la obsesión de la sangre. Verla correr sobre la verde grama de los campos, después de la pelea, era para él un deleite supremo.

Se dice que Yaguareté no era hijo de mujer. Corría una versión entre los integrantes de la tribu. Se contaba que el cacique fue hallado, a poco de nacer, en el hueco de un añejo tronco de ombú, y que le dieron a la luz con dientes y de su garganta, en vez de llantos, partían agudos silbidos y chirridos que hacían estremecer de pavor a las personas que le rodeaban. Se añadía que la carne humana era su manjar apetecido, y que sacrificaba tiernas criaturas para devorar sus entrañas en canibalescos y horrendos festines. Esto lo pintaba como un monstruo, que tenía tanto de hombre como de fiera, y del cual era preciso precaverse.

Un día, la ruda lucha había llegado a su término y, mientras su enemigo se hallaba vencido en el suelo, Yaguareté se repartía el botín entre los suyos.

Habían tomado por prisioneros al cacique de la tribu enemiga con su familia: la mujer y tres hijos de tierna edad. Una vez finalizado el reparto del botín, Yaguareté se dirigió al cacique enemigo y con una mirada amenazante exclamó:
– ¡Por fin te tengo en mi poder, despreciable! ¿Ves esa gran hoguera que mis fieles soldados han iniciado? En ella serás arrojado, junto con tus hijos. Y eso no es todo, tu mujer, que hago desde ahora mi esclava, va a presenciar tu agonía.
Dicho esto, Yaguareté tomó al cacique y arrebató a los niños de los brazos de su madre, arrojándolos a las voraces llamas que en segundos consumió los cuatro cuerpos sin dar tiempo a las víctimas para arrancar de sus pechos un lamento. Mientras, el temible cacique arrastró a la espantada esposa al borde de la hoguera diciéndole:
– Quiero que veas como se venga tu nuevo dueño de las personas que odia…
Pero Yaguareté no pudo continuar su discurso. Aquella esposa y madre enloquecida por el dolor, sacó fuerzas hercúleas de su flaqueza, y empujando con rara pujanza al malvado, lo precipitó en medio de las llamas mientras exclamaba:
– ¡Monstruo de maldad sin igual en la tierra, que Añá (Dios del mal) te haga renacer de tus cenizas y te convierta en un animal repugnante y horroroso, que viva entre la sangre por toda la eternidad! ¡Qué la luz del día te rechace de su lado y sólo reines en la tiniebla, junto con los espíritus que rondan en torno de las tumbas malditas!
En el mismo instante sacudió la selva un trueno formidable, y, del centro de la hoguera, que se extinguió súbitamente, surgió un extraño animal, de anchas alas membranosas y cuerpo negro y velludo. Dando raros y agudos chirridos acometió a la turba de gentiles, que huyó despavorida como si se hallara en presencia de un engendro.

Desde entonces, se dice que, noche a noche, de la sepultura de cada hereje se abre paso un horrendo vampiro, que retorna antes de despuntar el alba con el hocico sangriento y los ojos repletos de maldad.

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