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Parana - Capilla San Miguel Arcangel

PARROQUIA, SAN MIGUEL ARCANGEL PARANA ENTRE RIOS INVESTIGACIONES HISTÓRICO-ARQUEOLÓGICAS. EN EL ENTORNO DE LA “CAPILLA VIEJA DE SAN MIG...

PARROQUIA, SAN MIGUEL ARCANGEL

PARANA ENTRE RIOS

INVESTIGACIONES HISTÓRICO-ARQUEOLÓGICAS. EN EL ENTORNO DE LA “CAPILLA VIEJA DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL” PARANÁ (PROVINCIA DE ENTRE RIOS)

Resultado de la investigación
La ocupación del territorio Litoral se inició en el siglo XVI a partir de la exploración de las vías naturales más accesibles (como el río Paraná); en una segunda instancia, mediante empresas militares y la instalación de fuertes y pequeños poblados; y, finalmente, con la transformación de estos poblados en ciudades.

En este proceso, la ciudad de Santa Fe (fundada en 1573 y relocalizada un siglo después), se constituyó en el centro político y sede de la administración regional. Muy temprano se proyectó hacia el territorio de “la otra Banda”, ampliando su espacio en busca de recursos. En función de este objetivo se establecieron estancias y chacras, se organizaron vaquerías, y se utilizó el puerto de aguas profundas.


La   confrontación   con   los   pueblos   aborígenes   exigió   adoptar   medidas   defensivas:   instalación   de   un fuerte y conformación de un cuerpo de milicias. 
Aún sin una fundación oficial ni respaldo jurídico, la “Bajada del Paraná” se consolidó con el incremento de la población permanente, erección de la Parroquia y la institución de la Alcaldía de la Hermandad. 
Aunque Santa Fe mantuvo su jerarquía regional a través del tiempo, en el último cuarto del siglo XVIII se produjo una serie de acontecimientos con epicentro en el poblado de la Bajada, que generaron una dinámica propia en el territorio entrerriano. Entre ellos, podemos mencionar:

–  La organización jurídica y administrativa de las poblaciones del sur (surgidas espontánea- mente), por acción del Comandante de Dragones Don Tomás de Rocamora .

–  La diversificación de las actividades productivas y de intercambio, como consecuencia del 
crecimiento demográfico y económico.

–  La adquisición de los derechos de propiedad por parte de los ocupantes de la Bajada, gracias a la donación de tierras efectuada entre 1778-88 por Doña María Francisca Arias de Cabrera y Saavedra, descendiente de Hernandarias y Juan de Garay, y esposa del terrateniente Don Pedro Larramendi.

–  El protagonismo creciente del puerto de la Bajada dentro del comercio fluvial interre-gional. 

El proceso de construcción de la espacialidad urbana paranaense recién se consolidó en el marco de los eventos emancipatorios de las primeras décadas del siglo XIX, con su elevación al rango de Villa decretado por la Soberana Asamblea del Año XIII, y su designación como Capital de Entre Ríos, mediante el Estatuto Provisorio de 1822. 
La presencia de población afroamericana en Paraná, está registrada desde muy temprano. En 1784, el Capitán de Fragata Juan Francisco Aguirre, refiriéndose a los orígenes del “…pueblo o capilla de Na. Señora del Rosario de la Bajada”, dice: “A principios de este siglo, pasaron los tres primeros vecinos de Coronda, aflijidos de la persecución de los Abipones, a poco pasaron sus ganaditos y uno después de otro se situaron donde les pareció mejor. Por el año 1740 ya tenían capilla, cuyos primeros ranchos alrededor fueron de unos pardos…” (Aguirre 1951: 386; la cursiva es nuestra). 
Según el Censo de 1844, en Paraná solamente había 29 individuos calificados como “esclavos”, que representaban el 0,6% del total de habitantes, lo que indujo a autores como Filiberto Reula a considerar que “…el negro esclavo, llegó en número muy reducido a estas tierras y su unión con el blanco fue muy rara: su sangre se diluyó en su mezcla con el aborigen. Y como fueron muy pocos, en verdad el negro no constituyó un factor apreciable, en la formación de la nueva raza” (Reula 1963, I:69). 
Pero las cifras censales no hacen referencia al resto de la población negra, constituida por hombres nacidos libres, libertos y sus descendientes, muy difíciles de detectar por la costumbre medieval de otorgar el apellido del amo a todos los niños nacidos en su propiedad, fueran o no sus propios hijos. Se los puede diferenciar cuando junto al nombre se indica su calidad de “negro” o “mulato”, pero cuando solamente se expresa “criado”, es imposible saber si se trata de indios, negros o criollos. 
A partir de 1813, con la “libertad de vientres” decretada por la Soberana Asamblea, la calidad de “esclavos” quedó reservada a los nacidos antes de ese año, con lo que se produjo un envejecimiento y desaparición progresiva de los mismos. Los nuevos “hombres libres”, sumados a los libertos por diversas causas y a los fugados, se mezclaron con los indios y los blancos pobres, aportando su caudal genético y cultural para la conformación de las poblaciones del área rural y la periferia urbana. 
Las guerras civiles debieron incrementar la tasa de nacimientos de negros y mulatos, como consecuencia de la actuación de los hombres en los ejércitos. Al respecto es importante destacar la presencia reiterada de los batallones de Pardos en Paraná, con la previsible secuela de mujeres e hijos abandonados, que luego seguirían residiendo en la ciudad.


Esta población se concentró poco a poco en los terrenos baldíos ubicados al norte de la ciudad actual, entre la loma conocida como el “Alto del Molino” y el río, pertenecientes en su mayoría al obispado de Paraná, por donación de la Sra. de Larramendi. 

La peculiar topografía de Paraná, cortada por arroyos que desbordaban y conformaban lagunas y pantanos, transformando los barrios en sectores aislados; y el crecimiento vegetativo del “Barrio del Tambor”, fueron incentivo suficiente para que en 1822, se levantara allí el segundo edificio religioso de la Villa (y el primero de ladrillos, ya que la Iglesia Matriz era de adobes), la Capilla de San Miguel Arcángel. 
En 1836 Juan Garrigó, propietario de hornos de cal y del molino harinero que daba nombre al “Alto”, donó los terrenos para la construcción de una plaza pública, conocida entonces como Plaza Echagüe, y actualmente como Plaza Alvear. Gracias a la iniciativa de este industrial, comerciante y ganadero catalán, con larga trayectoria en la función pública (en 1810 había sido Alcalde, y luego Diputado, Juez y Ministro de Hacienda), el área comenzó a adquirir su fisonomía actual. Los predios vecinos fueron expropiados, indemnizándose a los dueños afectados, salvo que se hubieran beneficiado por la valorización de otras propiedades. 

Todo el sector donde se encuentra la Plaza fue removido, rellenado y forestado; la senda que conducía al puerto de La Bajada se amplió hasta constituir la Alameda de la Federación (actual Avenida Rivadavia), y se colocó la piedra basal de la parte nueva de la Iglesia de San Miguel. La construcción de esta última, iniciada dos años más tarde, sufrió grandes retrasos, ocasionados por las contingencias políticas y militares de la época: recién pudo inaugurarse en 1888, cuando todavía le faltaban una torre, el revoque y las puertas laterales, y fue declarada Parroquia diez años más tarde. 
El edificio ocupado actualmente por el Museo “Antonio Serrano”, ubicado al este de la Iglesia nueva de San Miguel, fue construido entre 1873 y 1874 para sede de la Escuela Fiscal de Varones, según Proyecto y Planos trazados en 1854 por encargo de la Junta de Instrucción de la Confederación Nacional. Antes de su destino actual, fue ocupado por la Escuela Graduada Nº 1 (denominada Escuela Graduada de Varones “Sarmiento” a partir de 1889), por el Colegio Nacional (1891-1917) y por la SubIntendencia de la 3ra. Región Militar (1924-1992). Junto con la parte conservada del edificio del antiguo Senado de la Nación (actual Colegio del Huerto), constituye el único testimonio en pie de edificación pública erigido según la concepción arquitectónica correspondiente al período de la Confederación Nacional.




La Capilla Vieja, Monumento Histórico Nacional por Decreto Nº 1.298 del 29-12-2000, prestó servicio entre 1822 y 1860. Lamentablemente no se conservaron planos ni ningún otro tipo de documentación sobre su construcción, salvo la litografía que reproducimos, publicada por Grosiean (1971) y actualmente extraviada, y la acuarela de A. Goering que ilustra la obra de Burmeister (1943), donde se pueden observar las paredes de la Iglesia nueva, y la cúpula de la Capilla Vieja. Se sabe que la iniciativa para la construcción provino del cura Antolín Gil y Obligado, principal autoridad religiosa de la Villa; que la piedra fundamental se colocó el 14 de mayo de 1822, y que fue financiada mediante aportes del gobierno y donaciones del vecindario. Su erección está inserta en la disputa entre los partidarios de San Miguel y la Virgen del Rosario, enfrentados por la designación del Patrono de la Villa, zanjada tres años después mediante una votación pública. 
El edificio, que representa el primer esbozo de lenguaje neoclásico en el Litoral, es un cubo de 7 m de lado coronado por una cúpula hemisférica terminada en una linterna. A los costados presenta dos habitaciones simétricas, destinadas a sacristía y alojamiento del cura. 

La puerta, flanqueada por una escalera exterior que conducía al coro, se abre hacia el norte, donde en 1822 estaba el principal centro de interés. Con la reestructuración producida en 1836 a partir de la conformación de la Plaza Echagüe y la apertura de la Alameda de la Federación, se modificó sustancialmente el ámbito urbano, y la Iglesia Nueva se orientó en relación al eje que unía la Plaza Mayor con el puerto, dando la espalda al barrio negro (Martínez 1919, Musich 1999, Musich et al., s/f y 1998, Pérez Colman 1930 y 1946, Sors 1981).

En tanto se producían estas reformas, los curas a cargo de la Iglesia San Miguel, primero Francisco Alvarez y luego Miguel Vidal, comenzaron a entregar terrenos en donación para que se afincara la gente pobre de la ciudad, especialmente la población africana y afroamericana, que ya tenían un núcleo importante de viviendas al NE de la Iglesia. Mediante esta práctica, que fue bastante habitual, se comenzó a distribuir la mayoría de los terrenos ubicados entre las actuales calles Buenos Aires, Carlos Gardel-Colón, y Salta, hasta entonces despoblados y de escaso valor. 

El primer documento conservado donde se estipula una transacción inmobiliaria en el área, es una escritura de fecha 1-8-1838, por la que el Cura Párroco de Paraná, Dr. Francisco Dionisio Alvarez, permutó a José Acevedo, vecino de la Villa, un terreno de 48x78 varas, ubicado entre la “Plaza Echagüe” y los terrenos de la Iglesia de San Miguel, por otro de 58x76 varas ubicado al E (donde actualmente se levanta el edificio del Museo “Antonio Serrano”), para adecuar los intereses de cada uno a las modificaciones provocadas por la apertura de calles y la delimitación de la plaza. En el mismo documento se mencionan dos linderos, calle por medio: Tiburcio Santos y Manuela Crespo. 

Otra documentación, fechada en 1839, consiste en los “reconocimientos de posesión de tierras” otorgados a morenos por el Juez de Paz del Cuartel Nº 4, Juan José López, mediante los que legalizó asentamientos espontáneos realizados en el barrio. 
La primer referencia escrita sobre los terrenos ubicados al norte de la Capilla Vieja, donde hoy se realizan las excavaciones, es una escritura de venta de fecha 30-4-1850. En la misma, Dolores Cámara cede a José Acevedo un terreno de 69x45 varas con frente sobre calle San Miguel (hoy Buenos Aires). Los linderos eran el mismo José Acevedo por el S, Gregoria Gómez por el E y Josefa Arrúa por el N. Todas estas propiedades están comprendidas en la Manzana Nº 28 (Pérez Colman 1946; 1947), entre las actuales calles Buenos Aires, San Martín, Ecuador y Gardel. Dolores Cámara era viuda de Bartolo Baster, un moreno de la costa africana que había recibido la propiedad del “señor Granadero José Cautivo”, también fallecido, y del que lamentablemente no se han encontrado otras referencias. 
En 1856 José Acevedo permutó al cura de San Miguel, Don José Vidal, una fracción de dicho terreno de 32x75 varas, con frente sobre calle San Miguel, que limitaba al sur con la Capilla y al norte con el terreno de Florentino Camero. A cambio recibió otra propiedad de la Iglesia, de 32x75 varas, que lindaba con su casa y tenía frente sobre la Plaza Alvear. 
Este   terreno   continuó   en   manos   de   la   Iglesia   hasta   1883,   en   que   los   curas   Balcalá   y Trifón Torralba la vendieron a Francisco Celeri. Dos años más tarde éste la transfirió a los hermanos Angel y Carlos Nesa, que poco a poco se constituyeron en los únicos propietarios de todo el sector noroeste de la manzana. 
En 1888 Carlos Nesa vendió la propiedad lindante con la Iglesia a Antonio Ravera, sin que hasta ese momento existan fuentes que demuestren la realización de construcciones de algún tipo en ese terreno, o den cuenta de su utilización para algún fin en particular. En algún momento no identificado éste pasó a poder de Juan Demonte, y en 1908 a su hijo, Juan Loreto Demonte (o De Monti, como figura en algunos documentos) por sucesión de su madre. Un plano municipal de 1917 confirma su pertenencia. Demonte padre en 1906 o su hijo con posterioridad a 1908, edificó una “casa chorizo” compuesta por siete habitaciones con un pasillo o zaguán intermedio, patio, cocina y terreno al fondo.




En 1923 Demonte vendió la propiedad a Israel Solomonoff, quien la modificó agregando un baño interno, ampliando la cocina y dividiendo el patio mediante una balaustrada. En un plano municipal de marzo de 1961 aparece como propietario Eduardo Felipe Cayetano Domínguez Bernard, último habitante de la casa antes de su demolición y la refuncionalización del terreno por el IAPS. Los linderos por el norte eran la familia Castañeda (1917), y luego Hermenegilda G. de Leidecar (1961) y Toribio Julio Rico; y por el este la familia Vivas (1917) y luego Juan Zitelli (1961). 
También pudieron seguirse los procesos producidos en la manzana ubicada más al norte, entre las calles Buenos Aires, San Martín, Juan de Garay y Ecuador (Nº 30 en la nomenclatura de Pérez Colman). La Curia Eclesiástica, por intermedio del Cura Párroco de Paraná, Monseñor Miguel Vidal, cedió en donación al moreno José Teodoro Romero “...una superficie de 150 varas a todos los vientos, en los fondos de la Plaza Nueva”, lindantes con las propiedades de Antonio Cabrera y Ruperta Cejas. El documento menciona también a otros propietarios, sin establecer su ubicación temporal: Catalina y Marcelo Troncoso, y María Niz viuda de Ceballos, quien luego vendió su terreno a Juana Rubil.

Entre 1850 y 1858, los lotes de esta manzana y otros próximos fueron adquiridos por el Barón Alfredo Du Graty a los siguientes propietarios: María de la Cruz Acosta; Francisca Hernández e hijo, y Gregoria Gómez, por valores que oscilan entre 56 y 60 pesos cada uno. Du Graty, militar belga contratado por el Gral. Urquiza, fue Director del Museo de la Confederación, fundado por Auguste Bravard, primera institución de tales características existente en Paraná. Con frente sobre la actual calle Juan de Garay edificó una Casa Quinta, visible en la acuarela de A. Goering (Burmeister op. cit.), que vendió el 6 de octubre de 1858 al Gral. Lucio Mansilla. En el documento de venta constan las dimensiones del terreno: 19.952 varas cuadradas (aproximadamente 16.752 m2), y los nombres de los propietarios linderos: María Francisca Martínez de Olave; la Morena Casimira; Cirila Camero y Gregoria Gómez.

En 1859 Mansilla también adquirió parte de las tierras de María de Olave, que por el norte lindaban con un “terreno montuoso”. Un año después vendió la casa quinta a José Rufo Caminos, Cónsul General del Paraguay, y en 1864 prestó el resto de la propiedad a los hermanos Maximiliano y Oscar Durand Savoyat para que fundaran un establecimiento industrial cooperativo denominado “El Colmenar”. En 1865 la vivienda pasó a manos del Gobierno Nacional, que a partir de 1917 instaló en ella el Colegio Nacional de Paraná. 

Discusión 
Partiendo de la planimetría actual se rastrearon en archivos oficiales las sucesivas ocupaciones y propietarios del barrio, lo que permitió avanzar retrospectivamente hasta las primeras décadas del siglo XIX, cuando la mayor parte de las tierras pertenecían a la Curia Paranaense, que cedía el derecho de posesión a los pobladores negros. 
La   Capilla   Norte   de   San   Miguel   (1822)   orientaba   su   frente   hacia   este   barrio,   llamado   “Del Tambor” o “Del Candombe”, extendido hacia el noreste, en el faldeo del “Alto del Molino” y la depresión que se extendía hasta alcanzar el río. La sustancial intervención urbana dispuesta en 1836 por el Gobernador Leonidas Echagüe dejó obsoleto el edificio, por lo que se comenzó la construcción de una nueva iglesia con orientación opuesta, con una plaza al frente y una alameda que unía el puerto con la ciudad. 
El primer documento referido a las propiedades del sector (una permuta entre la Iglesia y un vecino llamado José Acevedo en 1838); y las fuentes relacionadas con las donaciones de tierras hechas por la Iglesia, indican la presencia de pobladores blancos al sur de la Capilla, y negros al norte. 
En 1850, el lote donde se realizan las excavaciones integraba la propiedad de una negra llamada Dolores Cámara, viuda de Bartolo Baster, “moreno de la costa de Africa”. A partir de ese año, y tras sucesivas permutas y transacciones inmobiliarias entre vecinos y la iglesia, el área alcanzó su total parcelamiento. La primera edificación registrada, realizada por Juan Demonte hacia 1906, o por su hijo Juan L. Demonte en 1908, tuvo las características tipológicas de una “casa chorizo”. Reformada en 1923 por Israel Solomonoff, fue demolida en 1970. En el predio quedan los cimientos de las paredes, parte   de   las   instalaciones   sanitarias   y   los   pisos,   y   el   perfil   sur   marcado   en   el   muro   lindero   con   la Capilla. 

Los restos de la demolición, mezclados con pedregullo y baldosas cerámicas trituradas, fueron utilizados para rellenar el terreno. De las recolecciones de superficie se recuperó una gran variedad de materiales de construcción: mosaicos calcáreos con distintos motivos decorativos, caños, baldosas y tejas cerámicas, elementos metálicos diversos (clavos, herrajes, etc.), así como restos de utensilios domésticos de fines del siglo XIX y primer mitad del XX (loza, botellas de vidrio, monedas, pilas de linterna, etc.). 
En un sector no edificado (ángulo NE del patio posterior), se inició la excavación de dos cuadrículas de 2x2 m cada una, paralelas a la pared medianera de la vivienda. Hasta el momento se alcanzaron los 50 cm de profundidad, localizándose materiales de relleno posteriores a la demolición de la casa, y elementos varios datables en la primera mitad del siglo XX. Las expectativas puestas en las profundizaciones siguientes, se relacionan con la posibilidad de localizar restos de una ocupación correspondiente a la población negra de mitad del siglo XIX, o a las actividades de albañilería vinculadas a la construcción de la Capilla Vieja de San Miguel (1821-1822).

ARQUEOLOGÍA ARGENTINA EN LOS INICIOS DE UN NUEVO SIGLO
CARLOS N. CERUTI.

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1 comentario:

  1. Muy bueno Aguante San Miguel, aguante Parana, Aguante Entre Rios !!!

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