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Martiniano Leguizamón - El Curandero

EL CURANDERO Capitulo 5 del Libro "Recuerdos de mi Tierra" Martiniano Leguizamón Foto de Luis Boggian. Rosario del Tala ...

EL CURANDERO

Capitulo 5 del Libro "Recuerdos de mi Tierra"

Martiniano Leguizamón

Foto de Luis Boggian. Rosario del Tala

En la ladera de una cuchilla, junto a las barrancas rojizas de un arroyo cuyo álveo arenoso blanquea desde lejos, se alza un rancho solitario. Un añoso ombú y unas cuantas higueras achaparradas en medio de la llanura estéril, que sólo nutre espartillos y ortigas, circundada de grandes vizcacherales, completan el cuadro de ruina y abandono. Ningún indicio acusa el trabajo, ni la presencia del hombre.

Desde el amplio camino carretero que cruza por la loma, aquel paisaje desolado semeja una de esas taperas. que en medio de los campos señalan el sitio en donde se alzó en otro tiempo un humilde hogar que los azares de la vida derrumbaron. ¡Cuántos dramas obscuros, tejidos de amarguras y lágrimas, cuántas esperanzas tronchadas guardan tal vez esas ruinas que la maleza va cubriendo!

Una cruz sin nombre, tiende sus brazos al caminante como pidiendo una plegaria... ¡Mañana las tormentas derribarán también al carcomido madero, y el olvido impenetrable envolverá para siempre aquella última memoria!...

Atravesaba por primera vez esa región de la campiña entrerriana, con el espíritu atribulado por una dolorosa separación y aquel triste cuadro me impresionó hondamente. Mi compañero de viaje, un antiguo peón de nuestra estancia, pareció comprender el pensamiento que me preocupaba y adelantándose a la pregunta, me dijo:

-Ése, es el rancho. del curandero.

-¿Pero no es una tapera abandonada?

-No, patrón; hace muchos años que vive en él un viejo curandero.

¿Y cómo no tiene chacra sembrada, ni corral, ni caballo, siquiera?

-Porque él no siembra, ni tiene más animal que cuidar que un petizo maceta que háe estar metido en la zanja del arroyo comiendo entre el uncal, por eso no lo vemos.

-¿Entonces no trabaja en nada?, ¿y de qué vive?...

-Cura, señor, y hace riendas y bozales de tientos trenzaos pa vender en las pulperías.

-¡Ah! conque es trenzador y médico; ¿y cura a muchos? 
-Ya lo creo, si de los pagos más lejanos y hasta del pueblo le tráin enfermos desauciáos por los dotores...

-¿Y se le mueren algunos?

-¡Oh! los que ya no tienen remedio, no hay cencia que los salve; ¡sólo que fuera Dios!.. .

-¿Y con qué cura?

-Con yerbas y agua bebida nomás.

-Será con los gajos del abrojal que rodea el rancho y con el agua del arroyito.

-¡Qué esperanzas! Son yerbas de los montes que él solo conoce y el agua la prepara él también y la da en botellas asigún la enfermedá. Adimás dicen que tiene un crucifijo en el paladar y que por eso cura con saliva las picaduras de los bichos ponzoñosos, y que mata a las víboras rociándolas de escupidas, como los guazubirás, cuando las encuentra dormidas entre el pastizal.

-¿Y cobra muy caros sus remedios?

-No patrón, los da debálde, no aceta dinero, cuando más algún cuero de potro pa fabricar sus trenzáos y la carne que le mandan los vecinos agradecidos.

-¿Y lo acompaña alguien?

-Vive solito, y no sale sino cuando lo vienen a buscar pa algún enfermo que ya no puede allegar hasta aquí, o cuando va a la pulpería a vender sus trenzáos. Los que quieren hacerse medecinar con él, vienen y acampan en ese montecito de talas que se ve junto al arroyo y allí se pasan, en ocasiones, muchos días hasta que se mejoran y si alguno llega a morir lo llevan al pueblo pa enterrarlo en sagrao…

Picada mi curiosidad por los hechos que con tan profunda convicción me refería el paisano tuve el deseo de conocer al misterioso personaje, y, pretextando que quería encargarle la confección de unas riendas y un rebenque, me dirigí al rancho.

A medida que nos acercábamos se percibía cada vez más la soledad y el abandono. Un sendero tortuoso como una picada en una selva virgen, conducía por entre el abrojal a la puerta del rancho que un cuero protegía de las lluvias y los vientos. La maleza se extendía al pie de los muros de terrón y se escurría por las rendijas como curioseando lo que pasaba en el interior. En el tronco del ombú, en un hoyo cavado en las raíces, se veían las cenizas del fogón apagado.

¡Un soplo helado de tristeza, de ruina, parecía flotar en torno de aquella mansión solitaria!...

Llegamos hasta la entrada sin distinguir ningún ser humano. Entonces el peón secándose el sombrero respetuosamente exclamó:

-¡Ave Marial Un momento después el cuero de la puerta se apartaba para dar paso al extraño morador que contestó en el mismo tono:

-Sin pecao concebida.

Informado del objeto de nuestra visita, el hombre que al principio permanecía indeciso, mirándonos con aire de desconfianza, dulcificó un tanto el ceño y nos invitó a bajar. Cogió un manojo de biznagas secas y con un golpe maestro sobre el pedernal del yesquero encendió el fuego. En cambio del sabroso cimarrón, le brindamos cigarrillos negros, y un porrón de ginebra que llevábamos para combatir la sed en la travesía, concluyó por acortar las distancias, rompiendo la muralla de aquella reserva taimada.

El hombre era mío: se entregó sin reservas, abriendo con ingenuidad las puertas de su corazón, descubriendo sus sentimientos humanitarios, sus creencias sinceras e intensas. Sus palabras impregnadas de simplicidad cobraban en ciertos momentos esa convicción, y firmeza que radica en la observación larga y paciente, confundiéndose otras veces con la alucinación absurda del creyente que acepta los hechos más extraordinarios como verdades indubitables, viendo en todas las cosas la influencia arcana de una causa invisible, que su razón no columbra, y que concluye por atribuir al milagro.

Me hablaba de la virtualidad portentosa de los brebajes de yerbas de cuyo secreto era poseedor, con acento de profunda convicción, sin atribuirse mayor mérito. Tenía en su mano el don de curar, como una habilidad superior que le habla tocado en lote del destino y nada más.

-¡Será mi estrella! -me decía como última razón-, pero ahí están los enfermos que los hombres de cencia no les acertaron con el mal, que andan sanos y buenos y no me dejarán mentir.

-¿Pero usted habrá estudiado, habrá tenido maestros que le enseñaron a conocer los males y las yerbas que les sirven de remedio?

-No, señor; mi único maistro ha sido la vida: mis desgracias, las persecuciones injustas de los hombres que me obligaron a refugiarme en los montes durante muchos años. ¡Oh! allá en la soledá de la naturaleza se ven y aprienden muchas cosas más que en los libros...

¡Y al razonar así aquel hombre tosco, cuya palabra sencilla se iluminaba por instantes con el colorido intenso de las dolorosas evocaciones, dejaba en mi espíritu juvenil la huella honda de la duda!

-¿Es un farsante o un alucinado? me preguntaba interiormente al oirlo discurrir con tanta cordura, al contemplar su frente amplia y serena que coronaba una larga cabellera nevada. Ni sus modales, ni su raciocinio claro, ni los hábitos de su vida modesta acusaban un desequilibrio mental, una intención velada que pudiera tomarse como una explotación vulgar a su manera de vivir.

No hacía ningún misterio de su potencia curativa: creía ingenuamente en ella y la ejercía sin interés, como un ministerio altísimo entre los que tenían fe. ¿Era aquéllo la expresión informe de un sentimiento altruísta, o ese ser humilde era sólo un producto lógico del espíritu supersticioso y crédulo, tan generalizado en nuestros campos? Ambas cosas quizás. Pero lo cierto es que el maravilloso curandero se presentaba a mis ojos como un problema obscuro, que envolvía el prestigio del misterio fascinante, insondable...

Algunos años más tarde atravesé otra vez por aquella región; la llanura yerma se distinguía desde lejos con sus tierras rojizas, cubiertas de unos cuantos arbustos que erguían sus ramas mustias, calcinados por el sol de diciembre que rajaba la tierra sedienta.

¡El rancho ya no existía, la maleza había terminado su conquista y se extendía victoriosa sobre los despojos del vencido, aprisionando en sus mallas de plantas dañinas el tronco del viejo ombú que aún libraba los postreros combates!...

¿Y el curandero habría muerto sin que pudiera salvarlo la ciencia infusa de que se creía poseedor, u otro rival lo había desbancado suplantándolo en la veneración idólatra de sus clientes?... ¡Quién sabe! Mas el molde no estaba quebrado, el tipo no se extinguirla por eso. Iría sencillamente a levantar su tienda en otro paraje más lejano para reconquistar su aureola de popularidad, tranquilo, paciente, seguro del éxito, pues mientras alienten seres cuya imaginación se exalta en presencia de lo extraordinario y de lo maravilloso, la semilla de las adivinas, de las iluminadas y de los curanderos brotará lozana perpetuando en las edades sus frutos extraños...

Producto natural del atraso en las dilatadas campiñas con un origen que entre nosotros remonta a la época de la conquista, pues, allá entre las breñas montañosas de Arauco se destaca la figura del machis, -el curandero de la tribu belicosa-, ha llegado hasta los centros urbanos para imponerse en ciertos momentos como una necesidad, disputando resueltamente el estadío a los hombres de ciencia.

Las autoridades mismas han reconocido su existencia y declarándola necesaria. Así por una resolución del gobierno de Entre Ríos en 1850, (1) se dejó sin efecto el reglamento que prohibía el ejercicio de la medicina empírica, teniendo en cuenta el estado en que había quedado la campaña después de una guerra prolongada y sangrienta: "porque con la separación de los curanderos y curanderas, dice el decreto, se hallarán sin alivio ni consuelo en sus enfermedades las numerosas familias esparcidas a largas distancias en los establecimientos de campo".

¡Mi tierra ha sido fecunda en estos tipos, mezcla bizarra de embaucador y de creyente; y a través del tiempo y de la lejanía nuestro legendario Médico del tiento; cuya sombra vaga aún en los umbrios boscajes de Montiel-, se confunde en el nimbo radioso que la credulidad ha hecho brotar como una flor de hechizamiento en torno del nombre Mano santa y del Médico del agua fría !...

(1) Recopilación de Leyes y Decretos, tomo VI

Datos de la primera edición- - Félix Lajouane, Editor, Buenos Aires,1896

FIN DEL CAPITULO 5- digitalizado para "La Voz de Sola" Susana de Tezanos Pinto de Arana T - feb 2004

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