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La Entrevista de Yataity Corá fue una reunión entre el presidente paraguayo y el general argentino en el marco de la Guerra de la Triple Alianza

ENTREVISTA DE YATAYTY CORÁ HACE 160 AÑOS Un miércoles 12 de septiembre de 1866, muy temprano, se preparó el Mariscal Francisco Solano López...

ENTREVISTA DE YATAYTY CORÁ HACE 160 AÑOS

Un miércoles 12 de septiembre de 1866, muy temprano, se preparó el Mariscal Francisco Solano López para la entrevista. Vistió su uniforme militar consistente en una levita de paño oscuro sin charretera con entorchados de General de División en el cuello y en las bocamangas, botas granaderas nuevas con espolines de plata y un kepí con bordados igualmente de General de División. Lucía sobre el uniforme su poncho favorito de vicuña forrado de paño grana muy fino con flecos de oro. Este poncho le había sido regalado por el ministro Pimenta Bueno al presidente Carlos Antonio López y por eso lucía una coronita imperial del Brasil bordada en realce con hilos de oro. Comenta a este respecto Centurión: "No dejaba de admirarse que teniendo tanta predisposición [el Mariscal], no haya mandado sacar la corona imperial que tenía en el cuello del mencionado poncho".




Formaron la comitiva del Mariscal sus hermanos Benigno y Venancio, su cuñado el General Barrios, su ayudante el Coronel Alén, su secretario el Mayor Manuel A. Palacios, y varios otros Jefes y Oficiales.
El Jefe paraguayo fue conducido hasta la trinchera en un carruaje americano de cuatro ruedas y desde allí siguió en su caballo melado favorito, Mandiyú. Le daban escolta veinticuatro hombres del escuadrón de dragones que vestían sus camisetas coloradas de campaña. Parte de esta custodia, un batallón de rifleros, se había emboscado desde temprano en un pajonal de la línea avanzada, no lejos del lugar elegido para la entrevista.

Al trasponer la línea divisoria de los dos campos el Mariscal Francisco Solano López bebió un vaso de coñac con agua, siguiendo inmediatamente para adelante.
Se había establecido tácitamente un armisticio; cesaron los bombardeos de una y otra parte durante todo el día y, soldados y oficiales aliados se acercaron a conversar con tropas y oficiales de la vanguardia paraguaya

A las nueve de la mañana llegó el Mariscal a unas quince cuadras de nuestra derecha, precedido de la bandera de parlamento y acompañado de su corta comitiva. El General Mitre, prevenido de antemano se anticipó a su encuentro siguiéndole de cerca un oficial argentino que llevaba bandera de parlamento, el General Hornos, ayudante de Estado Mayor, cuatro batidores, y un piquete de veinte lanceros de gran parada, soberbiamente montados.
Del otro lado avanzaba el generalísimo aliado. Según Thompson "el uniforme de Mitre consistía en una casaca con cinturón y tiros blancos y un sombrero viejo de fieltro con alas anchas y copa baja que le daba cierta semejanza con don Quijote".

Ambos séquitos y sus escoltas hicieron alto a cien pasos de distancia mientras se acercaban los dos generalísimos hasta cruzar los pescuezos de sus caballos. Se saludaron descubriéndose ligeramente y estrechándose las manos. Enseguida se apearon entregando sus montados a los ordenanzas, se aproximaron a una pequeña "isla" y empezaron a hablar al aire libre porque no había en ese lugar casa o rancho alguno. La única comodidad era la facilitada por unas sillas traídas desde el cuartel paraguayo.
La histórica entrevista comenzó sin demora, no teniendo los dos jefes más compañía cercana que sus respectivos ayudantes y ordenanzas que se colocaron a respetuosa distancia.

Los dos jefes conferenciaron durante media hora, parados o sentados alternativamente. Los dos fumaban y el Mariscal cada vez que se le apagaba el cigarro hacía uso para encenderlo de un yesquero de oro muy bien cincelado, trabajo del renombrado platero Mujica, que llevaba siempre en el bolsillo derecho del chaleco.

El jefe paraguayo inició la conversación informándose de la salud de su interlocutor y diciéndole que "no había cambiado nada desde la última vez que lo vio". Referíase a la entrevista que tuvieran ambos en Buenos Aires en 1855 cuando Solano López retornaba de su gira por Europa y en la cual hablaron sobre la lengua guaraní, tema que apasionaba al estadista argentino.
Mitre devolvió la cortesía manifestando que tampoco López había cambiado nada desde entonces. Expresó enseguida que había recibido la invitación para la entrevista con agrado, resolviendo hacerle el honor que se debía a los enemigos leales, la cual no sería obstáculo para cruzar sus espadas en el campo de batalla.

 
El presidente paraguayo dijo entonces:
- General: mi presencia aquí está explicada por los acontecimientos y por los deberes que su posición impone a los hombres que dirigen la suerte de los pueblos y que son responsables de sus desventuras. Yo he hecho la guerra al Brasil por haber creído que aquella nación no se detendría en el dominio del Estado Oriental, y que nos amenazaba a todos. Yo tenía y tengo la más alta estima por el pueblo argentino y acaso si hubiera tenido mayor contacto con la persona que está al frente de su gobierno, muchas diferencias y muchas desgracias se hubiesen evitado; pero no ha sido así, yo le he hecho la guerra al gobierno argentino porque lo consideraba ligado al brasileño en la cuestión oriental. Hoy creo que la sangre derramada es bastante para lavar las ofensas con que cada uno de los beligerantes se creyese agraviado y considero que puede hacerse que esta terrible guerra tenga un fin, estipulando las condiciones de una paz sólida, duradera y honrosa para todos.

Le replicó el general Mitre:
- Señor Presidente: Como hombre de principios y como jefe de un pueblo ilustrado, mis votos y mis esfuerzos estarán siempre por lado de una paz honrosa que pueda dar los resultados que nos vemos obligados a buscar apelando al recurso extremo de las armas en defensa de nuestros derechos. Pero ¿cree V. E. que puede ofrecer esos resultados a la alianza en las condiciones en que nos hallamos? Yo, como representante de ella en este lugar, no podría ofrecer a V. E., como es mi deber, otras condiciones que las que estipula el tratado que para su defensa se han ligado los pueblos aliados; y esto mismo tendría que ser resuelto por los gobiernos respectivos.
¿Creería aún así V. E. que es posible salir del terreno actual de la lucha armada?

La réplica del presidente paraguayo fue la siguiente:
- General: Las condiciones del tratado de alianza son inaceptables para mí, pero no es creíble que ellas será las únicas. Si lo fuesen las resistiré con la mayor energia hasta el último de mi atrincheramiento. Esas condiciones, estimado general Mitre, no pueden ser motivo de un tratado de paz. Son imposiciones calculadas, como es natural, para el caso de que me fuese contraria la suerte de las armas. Pero, para esto no es necesario mi consentimiento, como lo sería para un tratado de paz. V. E. comprenderá que ese tratado me pone en caso de rendido; y si he de serlo quiero que sea en el campo de batalla. Sin eso no podría dar mi asentimiento a las estipulaciones sobre límites ni menos a las condiciones qué respecto a mi persona establece el tratado de alianza. Yo creo que V. E. en mi lugar no se daría por vencido antes de combatir.

- Debo observar a V. E. que yo no he hecho más que manifestar una dificultad que V. E. acaba de corroborar con sus palabras. Yo no debo de salir de un terreno a que V. E. no quiere y tal vez no pueda entrar. Debemos creer, pues, que la paz es en la actualidad imposible y en este sentido proceder (yo lo haré por mi parte) con la mayor decisión en las operaciones de guerra.

- ¿Por qué es imposible general? Yo me siento animado de los mejores sentimientos. Si V. E. pone su buena voluntad y su justa influencia, puede aún arribarse a una paz honrosa. Yo estoy pronto a discutir en un tratado todos los puntos que pueden ser materia de dificultad, incluso la cuestión de límites.

Mitre insistió:
- V. E. comprende que yo no puedo darle contestación alguna sobre este punto. Son los gobiernos los que deben resolverlo, si bien yo, por deber de humanidad y de patriotismo, haré, lo repito, todo esfuerzo en obsequio de una paz honrosa.

López le contestó:
- No lo dudo general. Si es que los sentimientos de V. E. responden a sus demás elevadas cualidades, que he tenido motivo de reconocer lealmente, aunque se empleasen en mi daño. Por eso es que, si como paraguayo deploro el éxito de las armas de V. E. frente a Uruguayana, como general debo felicitarle por la habilidad que supo desplegar en aquel golpe estratégico que hicieron completo la inhabilidad y cobardía de los generales a quienes yo había confiado la columna expedicionaria del Uruguay.
Sentóse Mitre y requirió un lápiz con el cual escribió algunas líneas que pasó a su interlocutor. Este las leyó y llamó a su ayudante quien a su vez hizo buscar al secretario del Mariscal - Mayor Manuel A. Palacios- a quien se las entregó el presidente paraguayo.

El Mayor Palacios venía munido de útiles de escritorio, carpetas, papel, tinta, pluma, y, pasó en limpio el borrador. El documento fue firmado por los dos presidentes, prosiguiendo después su conversación.

El documento oficial decía:
"S. E. el Mariscal López, Presidente de la República del Paraguay en su entrevista del 12 de Setiembre a S. S. él Señor General Mitre Presidente de la República Argentina y General en Jefe del Ejército aliado, a encontrar medios conciliatorios e igualmente honorables para todos los beligerantes para ver si la sangre hasta aquí vertida no puede considerarse como suficiente a lavar las mutuas querellas, poniendo término la guerra más sangrienta de América por medio de satisfacciones mutuas e igualmente honrosas y equitativas, garantiendo un estado permanente de paz y sincera amistad entre los beligerantes.
S. E. el General Mitre limitándose a oír contestó que se refería a su Gobierno y a la decisión de los aliados con arreglo a sus compromisos".

El general Mitre guardó en su archivo el siguiente memorándum confidencial:
El señor Mariscal López desearía la paz, para poner término a las calamidades de la guerra, buscando sinceramente satisfacción honrosa a todas las cuestiones que la han promovido y pueden perturbarla lo futuro. Está pronto a entrar en negociaciones para el efecto, tratando a la vez las cuestiones pendientes de todos sus aliados, bajo las bases más equitativas, declarando que no aceptará como condición, ni como imposición, su separación del mando. Y el general Mitre, limitándose a oírle, le dijo que lo refería a su Gobierno, los aliados, y que mientras tanto, la guerra continuaría". - Bartolomé Mitre.
Hasta entonces los miembros de las dos comitivas habían permanecido a caballo; el General Hornos ordenó a los jefes y oficiales argentinos que desmontasen; lo mismo lo hicieron los paraguayos y todos juntos comenzaron a conversar cordialmente.

El Mariscal presentó a Mitre a sus hermanos Benigno y Venancio, a su cuñado el general Barrios y a Paulino Alén. El generalísimo argentino presentó a su vez a Hornos y a su secretario Lafuente. El Coronel Rivas -al cual él presidente paraguayo quiso conocer- no pudo acudir por hallarse en Itá-pirú embarcando las divisiones argentinas que iban a reforzar el cuerpo de Porto Alegre.
Mitre ordenó a su ayudante que pasara a pedir a los generales Polidoro y Flores que viniesen a asistir a la entrevista. Contestó el jefe brasileño que como el llamado era "oficial y no de mera cortesía" siendo el general en jefe el único competente en aquel acto, consideraba innecesaria su presencia, por lo cual se excusaba.

Llegó el General Flores quien fue introducido por Hornos "cuyas maneras y prosopopeya -según un testigo- descubrían desde luego al famoso gaucho del Estado Oriental". Según Centurión el jefe paraguayo trató duramente al Oriental al que "acusó como el causante de la guerra que aniquilaba a las dos repúblicas en provecho del Brasil..." Flores rechazó el cargo manifestando que "nadie era más celoso que él por la independencia de la patria".

La versión es confirmada por un cronista argentino que afirma:
"López chocó al general Flores por motivos de recordarse que la actual guerra era debida exclusivamente a la intervención brasileña en el Estado Oriental, cuya independencia se vía en peligro. El General Flores contestó que era una ofensa gratuita que se le había inferido, tanto a él como a sus compañeros, que nadie era más celoso ni más interesado que él en la conservación de la independencia, y que de ello respondía toda su vida de sacrificio por la libertad e independencia de su patria; que él deseaba la paz de que su país tanto necesitaba, pero que no sufriría otra que no fuese digna y que no llenase los objetos que la alianza se había propuesto".

A los pocos minutos de su llegada el presidente oriental se retiró del lugar de la reunión.
Inicióse la segunda parte de la entrevista que se prolongaría varias horas más. López habló extensamente sobre los desastres de la guerra y la necesidad de ponerle término. Pasando luego a otro punto, agradeció a Mitre el tratamiento que daba a los prisioneros paraguayos, asegurándole que él hacía otro tanto con los argentinos.

Se abordaron más tarde otros temas y "hasta se mezcló en ella [la conversación] la guerra europea, con motivo a los estragos causados y de la necesidad de recurrir a la paz".
El Mariscal renovó sus manifestaciones a favor de la paz, más afirmando al mismo tiempo que no aceptaría el tratado de alianza. Mitre, a su vez, contestó que el asunto debían resolverlo los gobiernos "sin que por eso se entendiese que se suspendían ni por un instante las operaciones militares".
Según Thompson sus palabras fueron éstas: "Las operaciones de guerra serán llevadas en adelante con el mayor vigor".


Llegaba a su punto final la histórica entrevista, la de mayor importancia sin duda, celebrada en el continente. A pesar de los puntos de vista tan opuestos de los dos interlocutores, la conversación y el tono fueron cordiales. Tanto López como Mitre mostraron en el curso de ella, modales de grandes señores y correctísimos caballeros. Al finalizar brindaron con cognac y cambiaron sus látigos como recuerdo de la reunión. Además, el paraguayo obsequió al argentino con "algunos cigarros criollos fuertes de los que él acostumbraba fumar".

"Tuve -cuenta Natalicio Talavera, corresponsal del Semanario- la fortuna de contemplar aquella gran escena con un interés que no ha decaído en las cinco largas horas que duró la entrevista. Mucho me ha hecho recordar aquel acto a una de aquellas escenas de teatro a que daba ese aspecto poético el lugar en que se producía, la escolta del General aliado con sus corazas amarillas y las banderolas rojas y los jefes y oficiales que le acompañaban. Pero nada había de ilusorio en aquel suceso, que la historia tiene que designar como el acontecimiento más sublime de una época grande, como el esfuerzo generoso de restañar la sangre que destila con profusión la llaga de la guerra. No era posible desconocer la importancia de aquella escena, cuyos curiosos espectadores cubrían a ambas trincheras, y hasta avalanzaban la misma línea enemiga. Fue opinión de uno de los edecanes del Presidente Mitre que debía levantarse en el lugar de aquella conferencia una pirámide. Los grandes intereses que se discutían allí, las figuras de los personajes que lo hacían, y las consecuencias que puede traer a todo un medio mundo, son ciertamente motivos que reclaman en aquel lugar un monumento imperecedero".
Fotos gentileza del Capitán de Atillería (SR) del Ejército Argentino, Héctor Bertoni